Una migraña y mucho cansancio, eso tenÃa anoche. Desmenucé las razones… mi mente acababa de ser torpedeada, fatalmente impresionada… no solamente era miércoles, también habÃa conocido a mi nueva profesora de Cine y a Ray Loriga.
Ray Loriga, ese es el culpable. Lo conocà en la camioneta de Fla, nos presentaron, durante la hora y media de una condenada cola yo disfruté de él hasta provocarme un dolor de cabeza. Lo leÃa con avidez, entre las cornetas y la humedad después de la lluvia. Cada frase era envidiada, cada palabra devorada como un tiger rolls, todo de un sólo bocado.
Este es Ray Loriga, se los presento con un fragmento de “Héroes”
Conocà a un chico que era alérgico al polen y al polvo y al serrÃn y al humo provocado por combustión de carburantes y a las ensaladas y a los gatos y a las ballenas y a las fibras sintéticas y a uno de cada dos medicamentos. Era uno de esos chicos que no hablan con nadie. ParecÃa uno de los que viven en campanas de cristal, pero era alérgico a las campanas de cristal, asà que tenÃa que enfrentarse con todas sus alergias. Llevaba sus alergias encima como un viajante de comercio lleva sus maletas. Demostró legalmente que era alérgico a sus padres, asà que sus padres tuvieron que darle una pensión vitalicia sin disfrutar a cambio del consuelo de agujerear sus zapatos con sus propias desgracias, además él ni siquiera llevaba zapatos porque era alérgico a la piel y al caucho. Le hicieron unos zapatos de madera pero a él le pareció que era como andar con dos ataúdes chiquitos en los pies, asà que los tiró por la ventana. Una chica que pasaba por la calle recogió los zapatos, y como nunca habÃa visto unos zapatos tan raros subió a ver de quien eran. El chico abrió la puerta y la chica entró, los dos se miraron un rato y los dos eran guapos, y los dos llevaban solos demasiado tiempo, asà que se abrazaron un poco a ver que pasaba y resultó que la chica iba vestida con fibras sintéticas y tenÃa ojos de gato, y estaba gorda como una ballena y tenÃa polen en el pelo y serrÃn en el cerebro y antibióticos en los dedos y ensalada en la falda y un motor de explosión que le ayudaba a subir las escaleras. El chico se murió con una estúpida y gigante sonrisa de felicidad en la cara.
Cuando me desperté estaba seguro que podÃa aprender algo de ese sueño pero no sabÃa que coño podrÃa ser.